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A 95 años de su nacimiento, el maestro Jesús Soto sigue “moviéndose entre nosotros”

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Aquel 5 de junio de 1923 el arte venezolano experimentó un sacudón. Las vibraciones brotaron de las entrañas del Río Orinoco rumbo a Ciudad Bolívar, dónde nació el niño que se convertiría en Jesús Soto, artista plástico y pionero del cinetismo en nuestro país.

Los tupidos bosques de la Selva Amazónica sirvieron de escenario a las correrías de Soto, quién dicho sea de paso: adoptó el apellido de su madre (como Picasso), estudió solo unos grados en la escuela primaria y desde los 12 años pintó carteles de cine, hasta el día que consiguió una beca para estudiar arte en la capital.

Como muchos artistas de la época se formó entre París y Caracas. En 1995 se encuentra en la “ciudad luz” con Carlos Cruz Diez, su viejo amigo y compañero en la Escuela de Artes Aplicadas de Caracas. Entusiasmado lo invita a la exposición Le Mouvement, del húngaro Victor Vasarely, dónde este otro grande descubrió el cinetismo.

Su obra plástica cae desde las alturas, en una sugestiva insinuación que invita a los usuarios a “penetrar” en su universo particular, para sumergirse en su perspectiva del movimiento.

En 1984 el maestro Jesús Soto ganó el Premio Nacional de Artes Plásticas.

Ha pasado casi un siglo desde aquel día en que el arte venezolano se sacudió con la llegada de Jesús Soto, pero su vorágine cinético todavía da vueltas por el mundo:

La galería Odalys de Madrid, inauguró una exposición en su honor, muestra integrada por 34 piezas pertenecientes a diferentes épocas  pero siempre apegadas a su idea de que el movimiento solo es posible cuando obra y público interactúan.

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